Cuba

Una identità in movimento


Vidrieras camagüeyanas: juego de luz y color

Adela María García Yero Aida Puentes del Pino


Ilustración 1: Amelia Pélaez: Naturaleza muerta en azulLa vidriera coloreada que floreció en Cuba durante el siglo XIX fue y sigue siendo uno de los elementos más bellos y característicos de nuestra arquitectura, unido a arcos, aleros, techos, mamparas y carpintería, que hicieron posible un signo de distinción propio que forman parte de nuestra identidad.

La versión cubana del vitral se repite en toda la isla, más o menos con características similares a las desarrolladas en la actual Habana Vieja. La vidriera no solo marcó su impacto en la adaptación climática de las edificaciones cubanas con esa función tan suya de mermar el efecto de las radiaciones solares y crear un ambiente más agradable, sino que también influyó sobre la obra de algunos de los mejores exponentes de la plástica cubana, bien lo reconoce Alejo Carpentier cuando plantea como:


[...] entendemos, acaso, que eran una forma del brise-soleil, neutralizador de reverberaciones, como lo fueron también, durante tanto tiempo, los medios puntos de polícroma cristalería criolla que volvemos a encontrar, como constantes plásticas definidoras, en la pintura de Amelia Pélaez o René Portacarrero.[1]


Reconocimiento y asunción por parte de nuestros artistas que validan la presencia ineludible de vidrieras, mamparas, arcadas, puertas y ventanas, balaustradas y otros muchos, a manera de "constantes plásticas" que nos remiten a ese vínculo arte-vida-construcción, reflejo condicionado de signos y símbolos decodificados de nuestra identidad, que no sólo hacen suyos Amelia y Portocarrero, sino que desde nuestro ámbito regional son asumidos en la obra de pintores como Katy Sedeño, que se aprehende de un lenguaje donde lo tradicional y lo contemporáneo se entremezclan en la claridad y frescura de las vidrieras, capaces de trasmitir la alegría del color y la transparencia de la luz o en el atrevido juego de las conjunciones de Martha Jiménez, quien se apropia en su vivienda de la mampara para completar de manera magistral el espacio abandonado por una antigua carpintería y de cuyos vestigios solo quedan las huellas de los vitrales, incólumes al tiempo y la nueva inserción establece un diálogo donde mezcla su manera particular de concebir la escultura y ese desbordamiento tridimensional de la figura atrapado en la pintura para ser trasladado al vitral, en apoteósico juego de volúmenes insinuados y recreados que nos entregan una Martha diferente y eternamente atrevida.

Ilustración 2: Vidriera. Casa de los Condes de Jaruco. La HabanaElementos decorativos y funcionales convertidos en obligada referencia a la hora de reconstruir nuestras imágenes de las construcciones y sociedades cubanas de siglos anteriores. En fin, cada uno de estos elementos componentes del diseño arquitectónico, juegan un papel en nuestra asimilación identitaria, donde su evolución o rejuego, en la mayoría de los casos escapa a nuestro marco local, para ser transformados y asumidos en el festín de los colores y al calor de nuestro ingenio.

La investigadora Yolanda Aguirre profundiza en diversos aspectos de la vidriería en Cuba y en el mundo, al punto de dejar interesantes conclusiones referidas al tratamiento de los colores en los vitrales capaces de asumir una evolución histórico cultural que nos remiten a concepciones y épocas, donde los colores obtenido aún con técnicas primarias, se yerguen como uno de los resultados más bellos que pudieron obtenerse, y la manera magistral de combinarlos con sapiencia, sentido de la luz y del efecto visual virtual a lograr.[2]

Así pudo adquirirse un tallado en blanco del vidrio sobre fondo de color, o bien como en el caso del rojo, jugar con las cualidades del color para absorber la luz y lograr un efecto particular en los interiores de los locales, en función de amortizar el paso de la misma.

Los vitrales son un invento cuya base primaria es la necesidad humana de disminuir o aumentar la intensidad de la entrada de la luz en las habitaciones, en función de hacerla provechosa y permitirle lograr determinados efectos ópticos y evitar la fatiga visual producida por el exceso o el defecto de iluminación.

Los vitralistas de ayer no ignoraban los fenómenos de reflexión y refracción de la luz, por lo que el vidriero tenía en cuenta la tendencia de ciertos colores de irradiación, y los dosificaban hábilmente en sus obras.[3]

Estos colores en las vidrieras se usaron con sentido simbólico-semiótico representativos de signos codificados para la época y para la Idea, de esta manera fueron reflejados los


"[...] Los cuatro elementos-Tierra, Fuego, Agua, Aire, se representaron en los días iniciales del vidrio cromático, por medio de los colores verde, rojo, azul y blanco, los que sirvieron, además, para identificarse con las cuatro estaciones del año".[4]


Esta simbólica adjudicada a los colores no fue necesariamente un círculo que condenase su uso solo referido a estos términos, pues el vidriero los empleaba no sólo en concordancia con el símbolo sino en relación directa con la libertad que se buscase manifestar en el sentido del mensaje a transmitir. Esto solo fue frenado en la medida que por motivos plásticos no pudieran darse las tonalidades, como es el caso de los tonos muy suaves de azul; y por factores nuevos en cuanto a los estilos, pensamiento y época que hicieron variar las concepciones en cuanto al significado de los colores.

En el empleo de los temas en las vidrieras no solo se tuvo en cuenta la temática religiosa, que si bien fue vital para las catedrales, iglesias y templos, no sucedió igual para las viviendas y edificaciones civiles de importancia, las cuales hicieron gala de una riqueza inusitada en cuanto a combinaciones de colores, sino también en el empleo de la heráldica: blasones, escudos de armas, los pretextos vegetales y por sobre todo en el colorido que adquirieron los vitrales. En Cuba es clásica la asunción cromática del medio punto y las mamparas, que no solo emplearon matices fríos o apacibles sino que jugaron con los tonos fuertes de azul, rojo, verde y amarillo, para jugar con el Sol, atenuar su luz e incluso domesticarla:


[...] De ahí que el medio punto cubano haya sido el intérprete entre el sol y el hombre –el Discurso del Método en plano de inteligibilidad recíproca. Si el sol estaba presente, tan presente que a las diez de la mañana su realidad se hacía harto deslumbrante para las mujeres de la casa, había que modificar, atenuar, repartir sus fulgores: había que instalar, en la casa, un enorme abanico de cristales que quebraran los impulsos fulgentes; pasando los demasiado amarillo, lo demasiado aúreo, del incendio sideral, a un azul profundo, un verde de agua, un anaranjado clemente, un rojo de granadina, un blanco opalescente, que diesen sosiego al ser acosado por tanto sol y resol de sol.[5]


Realidad inminente que conforman nuestra cubanía, nuestro barroquismo y singularidad en nuestro tránsito por la historia.

De ese modo y a partir del siglo XVIII e inicios del XIX, cuando la burguesía cubana disfruta de buenas condiciones financieras, el vidrio y la persianería fructificaron como singular unión sol-color. Por lo que el vidrio aprovechó ganando en colorido, ya que el blanco, excepto cuando se usaba nevado, no protegía de la luz sino solo del paso del aire, por lo que no aliviaba el exceso de claridad y su empleo se redujo fundamentalmente a combinaciones donde sí se explotaban sus cualidades estéticas.

Por eso en Cuba se asume de manera particular las sencillas decoraciones geométricas a todo color y en otros, el color unido a diseños vegetales, donde el principio de la simetría más o menos en recta rigidez fue una de las variantes asumidas y la otra el logro del equilibrio simétrico que puede ser turbado con la aparición de motivos vegetales o florales o la alternancia de curvas y rectas en la irrupción de una súbita geometricidad, poniendo el color en función del motivo y de la finalidad, de esta manera lo reconoce la investigadora Yolanda Aguirre en su libro: Vidriería Cubana, en el que propone una clasificación detallada de las vidrieras del país en especial de La Habana.

Ilustración 3: Luceta principeña curva de mediopunto, totalmente radial, ubicada en el primer claustro del convento de El Carmen, sede actual de la Oficina del Historiador de la Ciudad de CamagüeyCamagüey bien aprovechó el empleo de las vidrieras, y desde las construcciones que abundaron en el período colonial se registra su empleo, como el caso del convento de El Carmen o en el otrora hospital de San Juan de Dios, por solo mencionar algunos; evolucionando hasta las que durante la época republicana pasaran por el rebuscado enjoyamiento acristalado hasta la pura geometrización de las lucetas, innegable efecto jugado por las construcciones eclécticas, remisas a abandonar totalmente los elementos decorativos anteriores o en el geométrico déco, (Ver ilustración 6) que vuelve duras y simples las coquetas curvas en un lenguaje plástico distinto, como en la vivienda ubicada en la calle Cisneros # 260, entre General Gómez y Hermanos Agüero, donde incluso se retroalimenta de las empleadas por el eclecticismo, libres de decorado y con menor profusión en el empleo de los colores, dando prioridad a los blancos y verdes en armonía con los tonos empleados en las fachadas e interiores. Es clásica, del mismo modo que en el resto del país, la asunción cromática del medio punto y las mamparas, que no solo emplearon :matices fríos o apacibles sino que jugaron con los tonos fuertes de azul, rojo, verde y amarillo, para jugar con el Sol, atenuar su luz e incluso domesticarla, en un peculiar binomio sol-color.

El ritmo de la composición esta regido por un orden geométrico, con disposición precisa de los intervalos coloreados que parten de un centro irradiante donde se repiten y alternan las series cromáticas, puesta en juego de los sentidos: ritmo, sonoridad visual y táctil. Su logro plástico está dado por el color más que por el dibujo, tocándole a este un lugar secundario decorativo. No es característica la presencia de un dibujo jerarquizado en la composición, aunque esto no quiera acuñar su inexistencia. En Camagüey, prima el color sobre la decoración.

Ilustración 4: Luceta principeña formada por curvas al compás. Calle Cisneros # 309 entre Ignacio Agramonte y General Gómez. Actual sede de la escuela de Idiomas Mijail LomonosovPero en lo referente a las clasificaciones de las vidrieras y en particular de las lucetas, se coinciden y se toman como válidos los criterios expuestos para las mismas por Yolanda Aguirre.[6] De ahí que sea posible encontrar en la ciudad de Puerto Príncipe lucetas rectilíneas que se insertan o asumen el contorno del vano ya sea rectangular apaisado o cuadrado; motivo muy usado en la etapa de la arquitectura republicana no solo en los exteriores sino con enorme profusión en las puertas y ventanas interiores como una manera particular de jerarquizar y diferenciar, es el caso de muchas de las viviendas situadas en Avenida de los Mártires, o en la ubicada en Hermanos Agüero # 67 entre Cisneros y Lugareño, que se apropia de los vanos interiores en perfecta armonía con la terminación interior de los locales, acentuando la verticalidad de los mismos y por medio de su vidriería de color blanco o en algunos casos transparentes se logra la ansiada iluminación interior.

Es común el uso de diseños geométricos, vegetales, radiales o simplemente formados por curvas y que abundan de manera particular en los interiores de las viviendas en puertas y ventanas tanto en las que dan a las galerías, patios o aquellas que sirven de comunicación; disminuían el peso y disimulaban las alturas de los elementos, pero no eran los únicos tipos usados, se puso en juego la imaginación del artista capaz de lograr la fractalidad de la imagen en la búsqueda de un diseño más novedoso.

Ilustración 5: Luceta principeña rectilínea que asume el contorno del vano rectangular y lo divide en dos paños rectangulares que dominan el conjunto y lo rodean de pequeños rectángulos y cuadrados, productos del cruce de las líneas en los que se permiten el empleo de otros coloresPor otra parte están las lucetas curvas, que van en dependencia del arco en que se inscriben: mediopunto, carpanel, ojival, preferentemente, aunque otros pueden ser empleados. Y que a su vez se pueden clasificar atendiendo a la disposición del motivo decorativo en totalmente radiales cuando poseen varios radios únicos o doble embellotado y en dependencia de la presencia o no de varios anillos concéntricos en simples o radiales, estas son comunes en nuestras viviendas del período colonial, como las empleadas en la fachada de la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje y en menor escala en capillas de la necrópolis principeña, pero el diálogo es fácil de decodificar en las empleadas en el convento El Carmen de esta ciudad (ver ilustración # 3), ubicado al costado de la iglesia del mismo nombre y sede actual de la Oficina del Historiador de la Ciudad de Camagüey; se explotan los vitrales totalmente radiales en el trabajo de la fachada que insertados en un arco ojival, signo evidente de la mezcla estilística y transicional de nuestras construcciones, en correspondencia con la asunción epocal, mientras que los interiores trabajan la vidriera en arcos de medio punto de las galerías a la manera de un abanico que despliega su colorido a partir de una circunferencia central de color rojo de la que parten los intervalos coloreados alternos en un primer anillo de anaranjado y verde, con un segundo anillo de menor radio en la que el blanco se contrapone al verde y el rojo al naranja, colorido que desmitifica la luz y la convierte en domesticada dama. En el segundo nivel de La Gran Antilla, unidad comercial de la Plaza Maceo, se aprecian en los medio puntos de su fachada principal el despliegue del abanico con alternancia de colorido del blanco con el verde para amortizar una fachada castigada duramente por la luz solar, a este recurso se une el empleo de platabanda que jerarquiza el vano con un remate superior a manera de escudo.

Pero este no es el único lenguaje asumido, también pueden ser parcialmente radiales cuando el embellotado recto no cubre toda la superficie de la vidriera y ésta es interrumpida por anillos concéntricos que albergan motivos no radiales, tal es el caso de la ubicada en el inmueble de República # 376 en altos, que en un arco carpanel se inserta la vidriera cuyo arranque parte de un embellotado rectangular del que parte en un segundo anillo los radios concéntricos, para romper la armonía establecida. En otra parte de la clasificación también se encuentran lucetas curvas no radiales que son aquellas en las que ha desaparecido el bellote recto originado por un centro irradiador y que pueden incluir imágenes, motivos florales, elementos rectilíneos y rectangulares, es el caso de la empleada en el lobby del Hotel Colón de esta ciudad, situado en República # 472, en el arco de medio punto que le imprime el sello de radialidad , se trabaja como motivo central la imagen del Almirante Cristóbal Colón en oposición al fondo blanco rematada por otros elementos que resaltan el colorido.

Ilustración 6: Luceta déco, insertada en un vano de fuerte geometrización y cuyos motivos son trabajados a partir de un centro irradiador y simétrico que asume en su diseño la forma exterior del vano. Edificación ubicada en Cisneros # 260 entre General Gómez y Hermanos AgüeroLos colores empleados y las formas integradas al diseño de la vidriera son elementos a considerar, siendo curioso que en el audaz despliegue de colorido empleado por los vidrieros locales, nacionales y los importados sean frecuentes el empleo de los colores primarios, como los azules, en planos preponderantes, más o menos grandes y combinados con otros colores. El blanco actúa como un suavizador de contrastes, en algunos casos, en otros es un medio de enlace entre colores que pueden tener tonos lejanos como azul y rojo o entre tonos divergentes como el rojo y el verde, pero en determinados diseños adquiere un rol protagónico luminoso como en las vidrieras con los cuadros del ajedrez o en aquellas avivadas por una orla coloreada.[7]

En nuestra vidriería se observa escasez de anaranjado, llegándose a tonalidades de ámbar o del amarillo, mientras que el negro y el gris no se encuentran, a su vez que el verde suele ser empleado sustituyendo al azul y este último en ocasiones suple al blanco. No es numerosa la coexistencia de azul y verde, donde uno se supedita al otro, limitándose a pequeñas áreas. El rojo muestra grandes áreas, aunque puede ceder su espacio a límites menores, asumiendo, generalmente, el centro irradiador de la obra plástica. Pero en la mayoría se observa el colorido, ya sea por la multiplicidad o por la combinación y la organicidad lograda en la composición que permite resolver el derroche cromático, en el recorrido del transeúnte por las calles de nuestra ciudad es fácil descubrir el derroche de colorido.

Ilustración 7: Luceta principeña curva de mediopunto parcialmente radial, ubicada en la barbería de Cisneros entre Martí y Cristo, nótese  el empleo de los colores, la presencia de un solo anillo y la ausencia de un embellotado recto que denote la presencia de un centro irradiador u organizador del diseño, a pesar de desarrollarse de manera simétricaNo solo la vidriería utilizada en la ciudad hizo empleo de estos temas, sino que también y asociado al amplio repertorio religioso, se usaron con cierta medida en iglesias y templos, así como unos pocos en el Cementerio General de Camagüey, con el empleo de motivos sacros, en función de un mensaje donde la Idea adquiere una connotación particular en correspondencia con el contexto propio.

Visto de ese modo y la presencia ineludible de las conocidas vidrieras, lucetas, vitrales, óculos o de su empleo en mamparas, se hace vital abordar la necesidad de conocerlas, entenderlas como parte de nuestro legado patrimonial y como la obra de artesanos, artífices de la creación de ambientes, vínculo ineludible con nuestra cultura e identidad.





    Notas

    1. Alejo Carpentier: La ciudad de las Columnas. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2004. P. 13.
    2. Vidriería Cubana. Ediciones Arte y Sociedad. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971.
    3. Idem. P. 11.
    4. Idem. P. 14.
    5. La ciudad de las Columnas. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2004. P. 59.
    6. Yolanda Aguirre: Vidriería Cubana. Ediciones Arte y Sociedad. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1971.
    7. Idem. P. 30.






Página enviada por Eliécer Fernández Diéguez
(28 de abril de 2008)


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