Cuba

Una identità in movimento


Santuario nacional de la Caridad del Cobre

Ana Lucía Ortega Alvarez


Como si fuese un implante divino en un escenario inusual, reposa el majestuoso santuario nacional de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, en una paisaje rural montañoso y de un pasado minero. Sus tres inconfundibles torres coronadas con cúpulas aparecen recortadas sobre una sierra salpicada de palmas reales que roza con las nubes sus redondeadas cumbres. Son precisamente las palmas reales las que otorgan al edificio un carácter terrenal y borran la sensación de estar presenciando un palacio asentado, por obra de un truco fotográfico, en pleno monte.

El nacimiento del culto a la Caridad del Cobre se inicia en el cerro del Cardenillo, un sitio cuajado de yacimientos de cobre distante aproximadamente 18 kilómetros de la ciudad de Santiago del Prado. Allí se erigió un santuario a finales de la década de los setenta del siglo XVII, cuando ya las minas del cerro, cuya explotación fue decidida en 1599, daban lo suficiente para que la población cobrera pudiera darse estos lujos. El Archivo General de Indias da cuenta de la colocación de la Señora de la Caridad en un altar totalmente de plata y de la existencia de 150 libras de pura plata labrada que conformaban el espléndido cuerpo de la lámpara del Santísimo Sacramento. El santuario había tenido como impulsor a un ermitaño de origen portugués y de nombre Melchor Fernández Pinto, conocido popularmente como el ermitaño Melchor de los Remedios. De este hombre ha trascendido su tenacidad en la consecución de esta edificación y su enorme capacidad profética, amén de su poder de curar empleando la manteca de la lámpara, una especie de pomada que incluía en su formulación polvo de sulfuro de cobre.

Pero no fue en esta zona donde fue hallada la imagen de la virgen, sino en las aguas que bañan las costas de la bahía de Nipe. Allí flotaba sobre un madero que proclamaba su nombre y que sorprendió a los tres individuos que la leyenda ha inmortalizado: los hermanos Rodrigo y Juan de Hoyos, residentes en el hato de Barajagua y Juan Moreno, un negrito de unos diez años de edad. Éstos, que habían salido en busca de sal, fueron sorprendidos por una tormenta y se vieron obligados a permanecer resguardados durante tres días en Cayo Francés. Al abandonar el cayo descubrieron el hallazgo de la Virgen insumergible, cuyas vestiduras estaban secas. La Virgen de la Caridad llevaba un precioso niño Jesús en la mano izquierda y una cruz de oro en la derecha. Pero al llegar a Barajagua, donde le había sido erigida una ermita, la Virgen desaparecía sin dejar rastro y tan sólo se dejaba ver en la jornada siguiente. De esta forma se conoció que el deseo de la milagrosa efigie era tener su asiento en el cerro de la mina, al pie del laboreo que arrancaba el cobre de las entrañas terrestres y donde le fue edificado su hogar. Desde entonces, han transcurrido tres siglos, durante los cuales ha crecido la veneración a la Virgen trigueña y se ha expandido a toda la isla de Cuba.

Se sabe que a la erección del santuario ocurrieron los devotos con sus limosnas, quienes convirtieron la primitiva ermita de teja y embarrado de cujes y barro en este templo de mayor solidez. Tan conscientemente fue edificado, que poco sufrió durante el temblor del año 1678, que, en cambio, redujo a un estado deplorable a la catedral de la región.

El primer capellán del santuario del Cobre fue un jamaicano llamado Onofre de Fonseca Arce y Bracamonte, quien en 1701 escribió una historia sobre el descubrimiento de la Caridad y el fortalecimiento de este culto mariano.

Desafortunadamente, el texto original de Onofre de Fonseca no sobrevivió al siglo XVIII.

Mientras, el poblado cobrero florecía y con él el santuario prosperaba en riquezas y devotos. Romeros de muchas regiones del país comenzaron a visitarlo y en 1756 el obispo de La Habana, Pedro Morell de Santa Cruz, incluyó a Santiago del Prado en el itinerario de su inolvidable visita pastoral. Entonces, la iglesia era un edificio de mampostería y techo de tejas de 16 varas de ancho por seis de alto, con tres naves con sus cuadros frontales pintados, un púlpito de madera y una tribuna para el órgano. A la entrada del templo, un pórtico con tres campanas, una grande y dos pequeñas, las últimas, en la puerta principal. Todas se hallaban suspendidas de maderos. Detrás del altar mayor estaba ubicada la sacristía; al este del conjunto, las casas para el capellán, y al oeste, la hospedería adonde acudían los peregrinos que iban a visitar a la Virgen del Cobre. Al haberse edificado en lo alto del cerro, el santuario tenía su acceso a través de una larga escalera flanqueada por sendos muros con pasamanos de cantería de diversos colores. Según los cálculos de los habitantes del poblado, la edificación había consumido unos 30,000 pesos, pero aún más cara había resultado su restauración, luego de haber sufrido una inundación a causa de la crecida de un río cercano. Por ello, el obispo Morell de Santa Cruz recomendó el traslado de la iglesia a otro templo existente sobre una colina, al sur de Santiago del Prado, aunque esta mudanza no se efectuó nunca.

Otro temblor de tierra azotó al Real de Minas y Santiago del Prado el 11 de junio de 1766. Este suceso motivó al santiaguero Julián Joseph Bravo, entonces capellán del santuario, a escribir su versión sobre el descubrimiento de la Virgen. Lo tituló Aparición prodigiosa de la Ynclita Ymagen de la Caridad que se venera en Santiago del Prado y Real de Minas del Cobre y con él creó el mito de los tres juanes que hallaron la imagen divina sobre las aguas. Esta versión del hallazgo, que es la que ha trascendido, pone en relieve la propagación de este culto mariano fuera de los límites de Santiago y Bayamo y su influencia en otras regiones como Jiguamí, Puerto Príncipe, Sancti Spiritus y La Habana e, incluso, fuera de las fronteras cubanas, en la Española, Jamaica y Cartagena.


"Han concurrido unánimes — escribió el capellán — más de mil personas, unos descalzos, otros con cruces, muchos en procesión, otros levantando Guión, y faroles desde la Ciudad de Cuba cantando el Santo Rosario hasta llegar a este Horno encendido en Caridad".


Así describía este hombre la veneración que profesaban a la Virgen todos los que se consideraban salvados por ella de las desgracias ocasionadas por el seísmo.

Los inicios del siglo XIX no fueron muy halagüeños. Santiago del Prado tenía sólo 1295 habitantes y las minas ya no producían. En cambio, el santuario y la hospedería gozaban de excelente salud. Las limosnas contribuyeron a la fabricación de una media naranja y otro cuerpo en la iglesia. De esta época data la aprobación por parte del Cabildo de Santiago de las ferias del Cobre, que tendrían lugar en el mes de septiembre. Las mismas contribuirían a vigorizar una tradición alentada desde hacía muchísimo tiempo por los vegueros, quienes no olvidaban su ancestral costumbre de echar semilleros cada 8 de septiembre, mientras cafetaleros se aprestaban ese día a cosechar el grano.

Estas festividades llegaron a alcanzar una inmensa popularidad. Al principio fue necesario inaugurar un camino de ruedas con puente y calzada desde la ciudad hasta El Cobre. Más tarde el ferrocarril catapultaba a una muchedumbre devota, venida de cualquier zona, a rendir culto a la Virgen trigueña y a depositar ante ella infinidad de votos y exvotos que eran desde manos, brazos y piernas hasta diminutos barcos de oro y plata. La línea férrea se extendía por espacio de ocho millas y para llegar a ella en Punta de Sal era necesario antes de realizar una travesía marítima por toda la bahía santiaguera a bordo del vapor Botafuegos. Los peregrinos se aprestaban animosos a desandar estos caminos a bordo de varios medios de locomoción, pues constituía un placer para los sentidos el paisaje ofrecido por la ciudad. Ya para 1845 surgía una tradición que perduraría durante mucho tiempo y constituía la nutrida procesión de los fieles por cada una de las calles del poblado como colofón de la feria.

El altar de la caridad del Cobre por esta época podía presumir de riquezas. El camarín de la Virgen quedaba exhausto ante el peso de tantísimos milagros de oro y plata. La efigie reposaba sobre una repisa decorada con cinco serafines de plata con alas de oro, una media luna de oro dividida por la mitad y otra de menores dimensiones, con ínfimas estrellas en los extremos.

Sobre la cabeza, un arco adornado con perlas, esmeraldas y amatistas. Su corona lucía un enorme diamante, amén de otras pedrerías valiosas. Joyas hermosísimas lo eran también los pendientes de la Caridad, diamantes engarzados en plata, y el collar de perlas que rodeaba su cuello.

Aunque el esplendor caracterizaba al santuario, sobre él se cernía una gran amenaza, fraguada desde casi veinte años antes. O quizás desde mucho antes. En 1832 tuvieron que ser suspendidos los trabajos de perforación en las inmediaciones del templo, pues los derrumbes podían sobrevenir en cualquier momento. Sin embargo, los capitalistas no querían renunciar a las jugosas tajadas que aquel suelo rico en cobre les proporcionaba y a los dos años de la prohibición reanudaron las prospecciones. No tardarían en hacerse sentir sobre el santuario los efectos de los socavones practicados al terreno, pues el 20 de agosto de 1852, la ciudad de Santiago de Cuba fue sacudida por violentos movimientos tectónicos que afectaron el presbiterio de la iglesia del Cobre, cuartearon en su totalidad a la torre, así como a la parte norte de la capilla.

El 11 de mayo de 1906 es la fecha registrada en la historia que marca el desplome del hermoso santuario de El Cobre. Los informes periciales eran claros: el desaste fue provocado pro el desprendimiento de un prisma de terreno en una galería localizada al oeste del pozo Richard, muy cercano a la iglesia. Asimismo concluían que en las galerías situadas bajo los cimientos del templo se había estado trajinando en los momentos previos al desastre. Ante la ruina inminente del santuario, que pese a sus enormes grietas se mantenía erecto, la efigie de la Virgen fue colocada en una casa del poblado y el 7 de septiembre de 1910 instalada en la parroquia de la villa, después de ser restaurado el edificio.

No transcurrió mucho tiempo, afortunadamente, para que el agravio al santuario fuera reparado. De toda la Isla emanaron donativos que, unidos a la indemnización recibida por la Iglesia de la compañía que provocó el incidente, The Cobre Mines, posibilitaron la ejecución de otro templo, concluido en 1927. Las obras, auspiciadas por el monseñor Valentín Zubizarreta, estuvieron bajo las órdenes del ingeniero J. Navarro. Los gastos ascendieron esta vez a 300.000 pesos, que dieron de sí un edificio de tres torres, al cual se accede a través de ocho mayúsculas puertas terminadas en arco y que está precedido de un atrio de 240 metros de largo por 15 de ancho. Como el santuario anterior, éste también se parapeta detrás de una escalinata empinada y tan ancha como todo el cuerpo central del templo. De este cuerpo emerge la torre central la mayor de las tres, y que fuera abatida por el terremoto del 3 de febrero de 1932, pero urgentemente reconstruida. Uno de los elementos más relevantes de la ornamentación del templo constituyen la serie de vitrales que reproducen el mito de la aparición de la imagen de la Caridad en las aguas de la bahía de Nipe. En el interior sobresale el altar mayor, construido con mármoles de diferentes colores y texturas, donde el sitio preponderante corresponde al camarín que soporta la figura de la patrona de Cuba. Detrás de este altar se destinó un pequeño recinto al "Cuarto de los Milagros", donde fue colocado el primitivo altar de plata que tuvo el primer santuario y una gran cantidad de antiguos exvotos.

La Virgen de la Caridad del Cobre es adorada en la religión afrocubana bajo el nombre de Oshún. Se representa como la dueña del amor, la femineidad y del río. Simboliza la gracia, la coquetería y la sexualidad de la mujer y no en vano asiste a las gestantes y parturientas. Esta mulata simpática y hermosa es alegre como ella sola y muy bailadora. En el culto sincrético, a la Caridad se le fabrican altares muy iluminados, repletos de comidas, bebidas y profusión de flores. La música y los bailes afrocubanos no pueden faltar en estos rituales.

La Caridad del Cobre fue declarada por la Santa Sede Patrona Principal de la República de Cuba el 10 de mayo de 1916. El 20 de diciembre de 1939 fue coronada por decisión papal en un suntuoso trono fabricado en la Alameda de Michaelsen, en la ciudad de Santiago de Cuba. En aquella ocasión el arzobispo Valentín Zubizarreta impuso a la Virgen una riquísima corona áurea, engalanada con brillantes, esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosas. Recientemente el Papa Juan Pablo II ha vuelto a coronar a la Caridad en una misa efectuada el 24 de enero de 1998 en Santiago y durante el curso de su histórica visita a la Isla.


Tomado de: ANA LUCÍA ORTEGA ALVAREZ, Iglesias de Cuba, Madrid, Agualarga Editores, S.L., 1999


Página realizada por: Karina Somonte Rodríguez


Cuba. Una identità in movimento

Webmaster: Carlo Nobili — Antropologo americanista, Roma, Italia

© 2000-2009 Tutti i diritti riservati — Derechos reservados

Statistiche - Estadisticas