Cuba

Una identità in movimento


La derrota definitiva del Ejército Español en Cuba (II)

Rolando Rodríguez


En la manigua oriental, a pesar de tener en completa defensiva a las tropas españolas, Calixto García se había visto obligado a disminuir el ritmo de sus operaciones, a causa de las epidemias de tifus, malaria y viruela, que se cebaban en sus tropas y la población civil a su amparo, la cual calculaba en 300 000 personas. A medida que avanzó el verano de 1897, miles de personas habían quedado postradas y muchas de ellas murieron. Según narraba el propio Calixto García, la zona de Oriente donde se encontraba constituía un hospital, y, aún más, un cementerio. A todas estas, una sequía pertinaz seguía impidiendo los cultivos y el hambre se encargaba de hacer otros tantos estragos. Por la misma razón, decía que a veces hallar agua hacía recorrer 6 u 8 leguas para obtenerla. Para salvar a las familias de Oriente de la falta de alimentos y las epidemias, el General tendría que ordenar se les facilitase a estas el pase a Camagüey, donde la situación resultaba más holgada y las enfermedades creaban menos quebrantos. En eso, el bravo holguinero recibió 25 000 pastillas de quinina, las cuales había pedido al exterior con más urgencia que cartuchos, y gracias a ellas propinó una de las más relevantes derrotas al mando español: el 30 de agosto, después de tres días de asedio, rindió a Las Tunas. A partir de ese momento, según confesó, con los pertrechos capturados y los entregados por las expediciones, ya le sobraban armas y municiones y solo necesitaba proyectiles de artillería para acrecentar la lucha.

Salida de Palacio del último Gobernador militar español, señor Jiménez CastellanosCuando el 6 de septiembre el jefe del Departamento oriental salió de aquella población recubierta sin duda de un gran valor estratégico para las comunicaciones y el abastecimiento entre Puerto Príncipe, el Norte de la provincia de Santiago de Cuba y el valle del Cauto, escenario de su gran triunfo, se detuvo en una altura aledaña y contempló cómo los zapadores demolían el último de sus edificios. Consciente de que el mando español trataría de recuperar la plaza, desde el día siguiente de su toma había dado la orden de no dejar piedra sobre piedra, para que el ejército español no pudiera encontrar un solo lugar donde refugiarse. Por segunda vez en su historia, Las Tunas resultaba destruida por los propios cubanos.

Solo un día antes de la partida de los mambises, el general Agustín Luque, jefe de las fuerzas españolas del Norte de Oriente, había podido comunicar al Capitán General de la Isla la toma de Las Tunas, conocida por él ese mismo día al regresar de operaciones en Bijarú. Informó falsamente que atacada el 14 de agosto la población había caído el 29 en manos del enemigo y transmitía su preocupación de que, según lo acontecido, la artillería enemiga pudiese destruir los demás poblados aislados y fuertes de la región.

En efecto, para cualquier militar quedaba claro que ya resultaban expugnables todas las poblaciones al alcance de los cañones de Calixto García, que el mando cubano resultaba perito en el sitio y uso de la artillería y contaba con una tropa fogueada y disciplinada. Pronto el viejo militar cubano volvería a demostrar todas estas virtudes al tomar Guisa.

Muy mal debió haberle sentado al general Weyler tener que informar al Ministro de la Guerra de Madrid, los sucesos de Las Tunas. Todavía esperó tres días para hacérselos conocer.

De inmediato, el general Marcelo Azcárraga, presidente del Consejo de Ministros por la muerte de Antonio Cánovas del Castillo, y ministro de la Guerra, pidió aclaraciones de los hechos, y cómo, si el ataque había comenzado el 14 de agosto y la rendición se había producido el 29, en todo ese tiempo el general Luque no había enviado refuerzos a los sitiados y a Weyler se le había mantenido en "la más completa ignorancia" hasta el 8 de septiembre, y exigía se depuraran responsabilidades. También le señalaba la conveniencia de recuperar la población. Al día siguiente Weyler respondería que la plaza sería recuperada sin esfuerzo alguno.

Como resultado de las noticias, Madrid se convirtió en un hervidero de rumores y conjeturas. De manera que el Ministro de la Guerra se vio obligado a comunicar al titulado de Tenerife, que se decía en los corrillos que gracias al triunfo los mambises se habían apoderado de mil fusiles, medio millón de cartuchos y 2 cañones Krupp con su dotación. Además, que el general Luque residía en el puerto de Gibara en vez de en Holguín, el servicio de comunicaciones estaba abandonado, aquel comandante militar no había recorrido la zona en 15 días y Weyler supo de la pérdida solo 10 días después de acontecido el hecho. Por consiguiente, el gobierno reclamaba conocer los detalles para tratar de restablecer la verdad. Weyler se volvió de inmediato a Luque y le solicitó toda clase de datos y pormenores.

Solo el 27 de septiembre se produciría el anuncio del general Luque al capitán general Weyler que, desde esa mañana, había acampado en Las Tunas, o mejor, en un montón de ruinas y tres días más tarde este lo comunicaría a Madrid.

Weyler echaría sobre los hombros de Luque la pérdida de Las Tunas, suceso que reconocería le había causado "tan grave daño" en Madrid, y mencionaría un asedio desde el 14 al 29 de agosto para dar la impresión de una larga resistencia, pero ni esto ni la recuperación de las ruinas de aquella plaza cubana evitarían su remoción al frente de la capitanía general de la Isla. Puede parecer que el reemplazo se debió solamente al cambio de gobierno en Madrid, la subida al poder de Práxedes Mateo Sagasta y el intento de buscar otra forma de entendimiento con los cubanos para apaciguar las peligrosas inquietudes injerencistas del gobierno de Washington. Pero no puede perderse de vista todas las promesas incumplidas del militar mallorquín de acabar pronto la guerra y, por el contrario, aunque todavía no resultaba palmaria, su lenta y continua derrota en los campos de La Reforma. Ahora la toma de Las Tunas había venido a demostrar en la península e internacionalmente que en la zona oriental la ofensiva estaba del lado mambí, él solo podía presentarle a Madrid sus manos vacías porque la reconcentración de la población cubana, que causaría cientos de miles de muertos de pacíficos ciudadanos, se mostraba inútil a los fines de doblegarla y el holocausto causaba espanto y críticas a España. Los gobiernos de la Península no resultaban tan ajenos, quisiéranlo o no, a la verdadera situación militar de la Isla, a percatarse de que las victorias cubanas en el Departamento oriental multiplicaban las ayudas de la emigración a la manigua, los botines de guerra estaban contribuyendo a llenar las atarazanas, las factorías y hospitales del Ejército Libertador y, como si fuera poco, se comenzaba a hacer indudable que no había tal pacificación en donde únicamente se podía suponer alguna ventaja, en Matanzas y La Habana.

Confirma este punto de vista que el nuevo ministro de la Guerra, en el gabinete de Sagasta, el general Miguel Correa, valorara que resultado del conflicto el espíritu público había llegado a un grado de abatimiento y pesimismo inconcebibles. Un solo dato evidenciaría el fracaso de Weyler. Cuando el general Ramón Blanco, su sucesor, tomara el mando e hiciese un saldo de la disponibilidad de hombres con que contaba para continuar la guerra, comprobaría horrorizado que de los 192 000 efectivos que se habían enviado a la isla desde el comienzo de la guerra[7], a los que se sumaban los 13 000 de guarnición, solo disponía de 89 000 aptos para combatir[8]. Por algo, a mediados de año, los generales Martínez Campos, Blanco, Vidal y Domínguez, habían aconsejado el relevo de Weyler. Pero ningún reemplazo podría ya cambiar el rumbo de las cosas: como Máximo Gómez afirmaría, la derrota del marqués de Tenerife podía considerarse el debelamiento de las armas españolas mismas.

Si en realidad Weyler hubiese sido un jefe militar en triunfo no hubiera hecho falta el relevo, porque ¿quién puede afirmar que se reemplaza a un general victorioso ni que esto resulta necesario? Lo llevaría a cabo Sagasta, pero no hay que dudar de que también lo hubiese hecho Cánovas del Castillo.

Para mayor comprobación de la derrota española, una evalución en relación con la situación bélica en Cuba, expuesta por Russell A. Alger, secretario de Guerra de Estados Unidos, no mucho después, señalaría que la moral de las tropas españolas en Cuba era pobre, su entrenamiento peor, estaban mal dirigidas y resultaban incapaces de resistir mucho tiempo más a los insurgentes[9].

Resulta altamente errónea la afirmación de algunos historiadores españoles de que Weyler había logrado quebrantar el dispositivo militar mambí y de algún otro que habla de un empate militar. Confunden las cosas. Estratégicamente, los insurrectos se habían fortalecido y el ejército español había marchado al desastre. La mayor parte de las fuerzas hispanas yacía en hospitales o en sepulturas. Como se comprueba, hasta los mandos españoles comprendían la situación desgraciada en que se hallaban, porque el mismo Blanco le señalaría al Ministro de la Guerra

"... las dificultades de todo género que ofrece una campaña como la que sostenemos contra un enemigo que cuenta con la protección del país"[10].

Estaban tan quebrantadas sus fuerzas, tan deshecha la moral de combate, a lo cual se unía la calamitosa situación financiera y social de España, que no mucho tiempo después hubiera sido irremediable llegar a la búsqueda de paz y al abandono de Cuba. Cualquier especialista militar, no obnubilado por los esquemas convencionales, es capaz de hacer este dictamen. De algo no puede caber dudas; Cuba, meses más meses menos, tocaba ya la independencia cuando se produjo la intervención militar de Estados Unidos.



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    Notas

      [7] Esa cifra no solo se corresponde a la recibida por Weyler, sino también por Martínez Campo, y se corresponde por igual con un informe de envíos hasta el último día de 1897, del Ministerio de la Guerra. Si se suman estos hombres a las tropas que estaban de guarnición al inicio de la contienda, puede estimarse que, en total, llegaron a participar en ella unos 205 000 soldados regulares. Sobre esta cifra puede verse la tabla formulada por el español Arturo Amblard, el libro de Emilio Roig de Leuchsenring: La guerra libertadora de los treinta años, 1868-1898; razón de su victoria, Oficina del Historiador de La Habana, La Habana, 1952, p. 228.

      [8] The Sun, Nueva York, 20 de noviembre de 1897.

      [9] Philip Foner: La guerra Hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanki, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, vol. I, p. 285.

      [10] "Del General Ramón Blanco al ministro de la Guerra", 28 de marzo de 1898. AGMM.




Fuente: Granma Diario
http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/comentarios/coment512.htm


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