Cuba

Una identità in movimento

La fiesta de Changó (Cuento afrocubano)

Rómulo Lachatañeré



Es un güemilere, es la fiesta de los tambores sonoros del gran sacrificio a los santos, donde ellos se muestran dadivosos y dispensadores de todas las virtudes y donde la tolerancia ya es un aché. Mirad a Changó, el tamborero máximo.

Allá, dentro del ruido de los platos colmados de harina, amalá, olelé, ecrú-aró, la carne aún temblante del gallo sacrificado, todo comida de santo, comida con su contenido religioso. La cena prohibida a los ojos profanos.

Allá están todos, el cocinero es Eleguá, Echú el malo:


Echubí Eclú baragó
Echú baranqueño.


Tal es su rezo; digamos de paso que hay que "contar con él para todo".

Pero dejémonos de más explicaciones, que la fiesta va a comenzar su ritmo loco, con los cantos profundos, de llamamiento a los buenos fetiches...

Changó golpea los parches y con su voz ronca levanta el canto:


Obara yooooooooo!
Obara... !
Obara... !
Obara yooooooooo!
Obara... !
Obara... !


Canto éste de las vovales audaces que se meten por el cuerpo y hacen que las caderas se agiten en movimientos convulsos, y que muchos se pasen a las regiones místicas y se conviertan en dioses.

Ya la fiesta se está haciendo ruidosa, y Eleguá está haciendo de las suyas.

— ¡Qué bueno está el acucó! — dice mientras lame sus manos; ya no queda nada en la cazuela.

— ¡Qué buena está la harina! — y se la come toda.

— ¡Qué buenos están los oguedé — y se come todos los plátanos.

— Echú se lo come todo, sin dejar nada para nadie; así es de intencionado este hombre. Pero... el tamborero tiene hambre.

— Eleguá, ¡mi unyen!

— Ve a la cocina.

Changó se dirige a la cocina y encuentra las cazuelas vacías.

— ¡Este maldito se ha comido toda la comida! ¡Eleguá!

— ¿Qué pasa, Cabó?

— Te lo has comido todo.

— Lo hecho, hecho; ¿qué más quieres saber?

— Bien, bien, bien...

— Ogún, vamos a dar otra fiesta — dice Changó a su eterno rival —, pues quiero hacer una trampa a Eleguá.

— Vamos — le contesta el otro.

— Pero no vamos a dejar que Echú participe de nada; cuando yo cante tú recoges el dinero de los que vengan.

— Umjú.

Y otra vez el güemilere grande de los tambores enloquecidos.

Los invitados van, llegando, el tamborero multiplica sus dedos en el parche, en sus labios hay un canto que es una clave combinada de antemano.


Ogún Arere
Meyí, meyí
Ogún Arere
Meyí, meyí.


Éste es un rezo de Yemayá Saramaguá sayabi Ochún, la "dueña del mar". ¿No habéis visto a alguien montado con ella? Pues ríe a carcajadas y sus caderas se mueven incansablemente.

Los tambores vibran todos nerviosos y del bam-bam enloquecedor se escapa un ritornelo alegre:


¡Ye-yeó!


Changó canta con su voz de barítono:


Baila Ochú bambelé
Ye-yeo; achó golenté
Baila Ochún bambelé
Ye-yeo; achó golenté.


Y una justa de contorsiones; caderas potentes, macizas, borrachas y extraviadas, jóvenes y saludables. Y caderas enormes, abundantes, reflejos de ovarios enloquecidos, reñidas con los senos y con la simetría se brindan, se proyectan, en un alarido loco:


¡Um, um, um, um, um… !


Triunfante viene ella por "todos los caminos", con su risa diáfana; y en sus ojos llamea una ilusión fuerte por Changó.

Es Ochún Yalorde Oriye-yeo: la Virgencita de la Caridad del Cobre.

Y ahora todo es lento y acompasado. Todo se ha vuelto silencioso. ¡Qué llamamiento más profundo a la tranquilidad!

— Por Olofi, por Olodunmare, tranquilidad y reposo.

— ¡Confiadeno!

Alguién palmotea: "Caballeros, coro.

Ahora una letanía larga:


Babá soroso
¡Babá eh, eeeeeeeee!
Babá soroso
Bab oh
¡Babá eh, eeeee!


Lento, un poco lento.

Qué temblorosa viene la hermafrodita; socorredla, abrigadla, ¡se muere de frío! La que viene es Obatalá, la del carácter asentado, por el "camino del río. Jécua,Babá jécua", ése es su saludo.

Mirad como de repente cambia el panorama, las notas de los cueros tensos escapan en zigzag. La música es relampagueante:


Rrrrrrr-rrrrrrrr
bam, bam, bam, bam.


— No, mi abure, así no se vale.

Es que alguien se está trazando una cruz con manteca de cacao en la planta de los pies para no montarse. ¡Qué temor le tiene a 0yá, la "dueña" del cementerio y de las centellas!

Escuchad su rezo:


Oyá Oyá ileo
Babaloro qué
Oyá Oyá ileo
babaloro qué.


— ¡Jécua Jey! — y se alumbra todo el poder de esta mujer que no es nadie más que la Candelaria.

Ahora, señores, ¿quién es ese anciano que entra arrastrando los pies? ¡Qué rostro más desconsolador tiene!

— Changó, dale un poco de humor y de tu confianza en sí mismo; ¿sabes?, ese hombre tuvo amores desafortunados con Yalorde; ¡ah!, pero tiene mucha sabiduría; es el secretario de 0lofi, o lo que es lo mismo, de Dios. A sus hijos predilectos les llama babalaos.

Este canto lo explica todo:


Orumbila talardé
Babá moforibale.


Ya lo sabes, él es Orúmbila; mira con que respeto levanta sus voces el coro.

La fiesta, el bembé, el güemilere, la locura, lo que ustedes quieran, ha llegado a su punto culminante: Ochún es el río en la época de la crecida y quiere entregarse a todos los hombres, es una mulata.

La negra Yemayá ha convertido su carcajada en un rictus indecoroso e invita a Changó a hacer una cosa que no se puede expresar aquí.

— Changó, vamos a hacer esto — y todas las vírgenes taponean sus oídos.

— ¡Jejey jécua, Jejey jécua! Caramba, Oyá, ¿qué tanta candela en tus caderas?, confiadeno,mamá...

La demencia, el olor a sexo, los amortiguadores al sufrimiento. Allí en el cielo y en la tierra también.

Pero Changó dice:

— Bueno, Señores, no más ritmo. Vamos a comer algo, ¿no?

Todos se sientan a la mesa y comen, comen mucho hasta reventar, mas alguien faltaba: Eleguá.

Más tarde vino:

— ¡Changó, mi comida!

— Pídasela a Yemayá.

— Saramaguá — le dice Echú a ella —, Changó me ha mandado a que te pida mi comida.

— Sííí, ¿quieres omituto?

— No, unyen.

Quiero que todo el mundo sepa que esta conversación se desarrollaba en la puerta de una casa, no en el mismo batá ni tampoco en la deYemayá, la cual todos saben que está en el mar.

— Bueno, entra — te dice la mujer.

Eleguá entra confiado y, cuando está dentro, la mujer, que ha permanecido fuera, cierra la puerta con llave y se marcha.

Allí quedó el malo encerrado tres días y tres noches sin tener con qué alimentarse, sin ver la luz, sólo pensando en su maldad. Cumplido este tiempo, Changó lo liberta y le dice:

— Todo te ha ocurrido para que otro dia no me engañes.

Olrray — dice Echú, y se marchó.

Muchas veces le han dado este castigo a este hombre y se repetirá en todos los tiempos; pues cuando está majadero se le encierra y se le priva de comida, y entonces es cuando trabaja de a duro. Ya lo saben los santeros: los yalochas, los babalochas y los babalaos.

Punto y aparte.


Tomado de: RÓMULO LACHATAÑERÉ, El sistema religioso de los afrocubanos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, pp. 363-367 (or: en la revista "Polemica", La Habana, marzo de 1936, año II, no. 1. Con ilustraciones de Jorge Rigol)


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