Cuba

Una identità in movimento


Las pinturas rupestres de la muy camagüeyana cueva de María Teresa fueron conocidas antes que Altamira y Lascaux

Roberto Funes Funes


Una considerable proporción de la literatura especializada sobre Arqueología — más específicamente la que trata sobre el arte de las comunidades prehistóricas — coincide en que

    "... Altamira fue el primer paso firme en la búsqueda del espíritu artístico de nuestros antepasados".

Altamira es la región de España donde, en 1878, se efectuó un hallazgo de pinturas parietales en el interior de una cueva. Eran dibujos que representaban a

"... bisontes, animales de climas fríos y que hacía miles de años que habían desaparecido de la geografía peninsular".

Cuando aquello se divulgó, un obstáculo que parecía insalvable se le opuso: el Comité de Estudios para la Historia del Hombre, con sede en Francia, desaprobó

    "... toda teoría que presentara a unos antepasados menos salvajes y más artistas de lo admitido".

Esa censura sepultó en el olvido durante 19 años el importante descubrimiento.

Aún transcurrido ese tiempo, cuando en 1897 fueron halladas pictografías similares en una cueva francesa conocida como La Mouthe, la Asociación por el Desarrollo de las Ciencias de ese país

    "... acusó a los sustentadores de esas teorías de comprometer el prestigio de la Antropología Histórica".

Marsoulas, en el propio año de 1897 y Cambarelles, en 1901, acabaron demostrando que todas aquellas obras habían sido efectivamente realizadas por hombres primitivos.

La confirmación de que entre nuestros lejanos antepasados existía un nivel de desarrollo intelectual capaz de ser reflejado en manifestaciones artísticas vino después, con una abrumadora serie de sitios en España y Francia revelados entre 1908 y 1927 con dibujos que parecían hechos por una misma mano: Cogul, Tuc 'd Audoubert, Isturitz, Valltorta, Rech Merle y Roc de Sers constituyen importantísimos lugares que guardan ese testimonio de la cultura humana en sus tiempos iniciales.

Esa que llamamos abrumadora serie concluyó en 1940 con el hallazgo de las pinturas de la famosa cueva de Lascaux.

En resumen desde 1878 hasta, por lo menos, 1901 — veintitrés años de diferencia —, nadie en el mundo científico europeo le concedió importancia a aquellos descubrimientos ni a las teorías que de ellos se derivaron. Se trataba, como se dijo entonces,

    "... de apreciaciones de personas que no eran especialistas".

Nada se dice, sin embargo, de que en 1839 una publicación cubana que circulaba en todos los dominios de España, incluída la metrópoli, publicó un "Artículo Adicional a los Apuntes para la Historia de Puerto Príncipe", en el que se hablaba de una cueva llamada María Teresa, en la camagüeyana Sierra de Cubitas, sobre la que se decía:

    "... en sus paredes se advierte, a todo lo largo, una cenefa igual a las de algunas de nuestras habitaciones, lo que persuade que no es obra de la naturaleza, y más si se atiende a la igualdad del dibujo, a la finura de los colores, a las proporciones, etcétera (...) se infiere que dicha cenefa es obra de los antiguos que tal vez vivieron o se alojaron por algún tiempo, porque no puede ser otra cosa".

Se hace oportuno precisar que esta referencia camagüeyana de 1839 ocurrió casi dos décadas antes de que en la culta Europa se hablara por primera vez de los hallazgos de Altamira.

Y tal fue la repercusión de lo publicado en el referido "Artículo Adicional..." , que hay constancia de una solicitud fechada en Sevilla en 1840, en la que la insigne poetisa, dramaturga y novelista Gertrudis Gómez de Avellaneda se dirige a su tío Don Manuel Arteaga, residente en Puerto Príncipe, para que le remitiera "... una noticia minuciosa y circunstanciada de Cubitas y sus cercanías", elementos con los que pretendía ambientar una obra que estaba escribiendo.

Y así fue. En su novela Sab, de 1841, La Avellaneda refiere que

    "... los naturales hacen notar en la llamada cueva de María Teresa, pinturas bizarras designadas con tintes de vivísimos e imborrables colores, que aseguran ser obra de los indios".

Y en 1844 una comisión de regidores del Ayuntamiento principeño elaboró unos Apuntes para la Historia de Cuba correspondientes a la Siempre Fiel, Muy Noble y Muy Leal ciudad de Santa María de Puerto Príncipe, destinados a ser incluídos en el capítulo referido a esta localidad en el gran Diccionario Histórico, Geográfico y Estadístico de la Isla de Cuba, de Jacobo de la Pezuela.

Al comentar sobre las cavernas de la cordillera de Cubitas, aquellos regidores indicaron que

    "... son sorprendentes por su extensión (...) y por las preciosidades que contienen, entre otros muchos, jeroglíficos de los indígenas".

Transcurridos tres años — en 1847 — José Ramón Betancourt publicó su obra Prosa de mis Versos y al reseñar una visita de jóvenes camagüeyanos y orientales a Cubitas, nos habla de la cueva de María Teresa, donde

    "... hay signos rojos, hechos al parecer con almagre o tierra bermeja, suponiéndose que fueran escrituras de los indios".

Por mucho que se busque, no aparece en la literatura especializada cubana — ni de ningún otro lugar del mundo —, referencia alguna sobre el arte de las comunidades primitivas que sea anterior a éstas cuatro que nos hablan de las cuevas de la Sierra de Cubitas, en el territorio camagüeyano.

Si de Altamira se dice que fue "... el primer paso firme en la búsqueda del espíritu artístico de nuestros antepasados" (a pesar de los tantísimos años de negación por parte de los más relevantes organismos científicos de su tiempo), ¿qué tendría de extraordinario que nuestra María Teresa — con una primera referencia 19 años anterior a la mismísima Altamira — fuera reconocida a la postre como algo parecido a "el paso previo a aquel llamado primer paso" de que tanto hablan los libros de Arqueología de los cuatro confines del planeta?

Se aplica aquí el mismo caso que ya expusimos en el anterior artículo de la presente serie: Jacques Boucher de Perthes estudió una mandíbula hallada en l863 en las cercanías de París. El hecho, según los libros,

"... abrió el camino de una ciencia nueva: la Arqueología Prehistórica".

Pero nadie habla de que veinte años antes, en 1843, se publicó una referencia sobre "esqueletos humanos fósiles" descubiertos en la costa Sur de Camagüey, y en 1847 se hizo un estudio de otra mandíbula (identificada como "precolombina"), investigaciones con las que, según especialistas de muy alto nivel científico,

    "... se inicia la Arqueología Aborigen de Cuba".

Terminemos este trabajo, pues, repitiendo textualmente el último párrafo del anterior:

    "Lo de Europa ocurrió después, con similares errores conceptuales e igual relevancia como acontecimiento para la historia de las ciencias; pero para los que escribieron esa historia –como otras tantas– la única credibilidad estaba para el mundo "civilizado" y no para los "salvajes" de segunda categoría como pueblos y como países".





    Fuentes consultadas

      Padilla Bolívar, Antonio. Atlas de Arqueología. Ediciones Jover, Barcelona 1963.

      Anónimo. "Artículo Adicional a los Apuntes para la Historia de Puerto Príncipe" — Cubitas — . En: Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana. Tomo IX, 1839.

      Anónimo. "Esqueletos humanos fósiles en Puerto Príncipe". En: Memorias de la Real Sociedad Patriótica de La Habana. Tomo XVII, 1843.

      Gómez de Avellaneda, Gertrudis. Sab .La Habana, 1963.

      Pezuela y Lobo, Jacobo de la. "Diccionario Histórico, Geográfico y Estadístico de la Isla de Cuba". Madrid, 1863.

      Cruz, José de la, Manuel Castellanos y Manuel de Jesús Arango. Apuntes para la Historia de Cuba correspondientes a la Siempre Fiel, Muy Noble y Muy Leal ciudad de Santa María de Puerto Príncipe. Puerto Príncipe, 1844.

      Betancourt, José Ramón. "Una jira cubana". En: Prosa de mis versos. Barcelona, 1887.

      Dacal Moure, Ramón y Manuel Rivero de la Calle. Arqueología Aborigen de Cuba. La Habana, 1986.



Fuente: Radio Cadena Agramonte, Camagüey
http://www.cadenagramonte.cubaweb.cu/arqueologia/pinturas_rupestres_maria_teresa.asp


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