Cuba

Una identità in movimento


Mis Orishas

Maria Giulia Alemanno



Retrato con OchúnDesde hace varios meses pinto sin pausas,en mi estudio, que se hizo lugar en el fenil de la vieja casa que me vió nacer, en el silencio de la llanura Verchelese, en la zona del Piemonte italiano. Desde los grandes ventanales persigo las geometrías de los arrozales, que en primavera se transforman en un mar de cuadros, apenas encrespado por el viento. Es un mar para llevar a las páginas de un cuaderno, un mar inquietante y sin fondo, donde Yemayá no podría nadar ni a Ochún le gustaría bañarse.

Si aquí, entre estos campos, se manifestan mis Orishas es porque el alma del Caribe ha invadido tanto mi corazón como para regalarme cada día el recuerdo de sus olas, de sus barreras coralinas, de su cielo. Había empezado a evocarlas con tímidez hace dos años atrás, después de una estancia en Cuba, donde por primera vez me acerqué al mundo de la Santería. Lo primero que me atrajo fueron los colores, pero enseguida se impuso el deseo de comprender. La única cosa inmediatamente clara fue que estaba a punto de empezar un viaje infinito.

Nacieron veinticinco imágenes pintadas en papel en las cuales buscaba comprender la complejidad de los Orishas, también a través de las miradas y de los gestos de la gente que los venera en sus propias casas, en pequeños altares siempre adornados con flores.

Las llevé por Italia, en cinco exposiciones, y plasmadas en venticinco mil postales y con un poster de Elegguá, el pequeño dios que posee las llaves del destino. En enero 2004 Elegguá confirmó la utopia y me abrió las puertas del Museo Casa de África y del Convento de San Francisco de Asis-Orula en La Habana — donde mis obras fueron expuestas en la ocasión del VIII Taller de Antropología Social y Cultural sobre las raíces afro-cubanas, dedicado a Fernando Ortiz.

Fue uno de esos días, de efervescencia y energía extraordinaria, que por la calle se me acercó una anciana santera, de ojos transparentes. Me dijo que en sueños se le habían aparecido mis Orishas. Lentamente salían de los marcos y se movian entre la gente. Su historia me pareció del todo natural.

Y en realidad se ha convertido volviendo a casa, al buscar grandes y ásperas telas de saco que acogieran, come libres estandartes, mis divinidades crecidas. He escogido doce, una para cada mes del año, para que nos acompañen en nuestras horas y nuestros pasos.

El primero es Elegguá a abrir el camino, seguido de Oggún y Ochosi, oscuros guerreros del bosque, después Obatalá inmaculado y justo, Yemayá, en cuyo vientre azul gira el universo, Ochún resplandeciente de girasoles y Changó, señor del rayo y el fuego.

Le sigue Babalú Ayé, como uno de esos mendigos harapientos y sufrientes de nuestro pesebre napolitano, Yewá, pensadora y austera, en continuo coloquio con los entenados. Oyá Yansá, peleona y rebelde, Orula domador de los vientos para leer el misterio de la existencia. Finalmente Ochumare, el dios serpiente, capaz de trasformar el arcoiris de cualquier cielo del mundo en una luminosa bandera de la paz.

Doce Orishas, doce estandartes para capturar el soplo de los vientos y continuar la danza del tiempo.


    Traducción de Mercedes Oviedo




Elegguá  Oggún


Ochosi


Obatalá  Yemayá


 Changó


Babalú Ayé  Yewá


Oyá Yansá


Orula  Ochumare


Orichas en la oficina de Maria Giulia Alemanno


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