Cuba

Una identità in movimento

Selección de nuevas letras cubanas

Ray Respall Rojas Eleanne Triff DelgadoGuillermo BadíaLaura Morejón RespallRolando Ávalos



Ilustración: Ray Respall Rojas

Ray Respall Rojas
17 años
Estudiante de la academia de bellas artes San Alejandro

Caja de música

Algo, no sabía qué, la forzaba a salir del camino que le habían marcado... Un sonido, un sonido indescriptible que nunca sus pequeñas antenas habían degustado.

Dejó caer la pesada carga y se alejó de sus hermanas para responder al llamado.

Las otras hormigas insistieron en intentar hacerla regresar a la fila, pero ella no las oía, no podía... Estaba atrapada por el encanto de la melodía de una caja de música.

No entendía lo que era la música, sólo sabía que este nuevo sentimiento que generaba en ella era algo bello, extremadamente grato a sus sentidos. Dejó caer suavemente sus patas y se sentó, por vez primera, a admirar la gran mancha oscura que se erguía frente a ella, desde donde se desprendía aquel maravilloso sonido.

Durante lo que para ella fue una eternidad, disfrutó de la música.

Sus hermanas, asustadas, la miraron al pasar, pero no se atrevieron a detenerse ni a dejar el camino trazado por la rutina de toda una vida acarreando provisiones para el hormiguero.

Pasó el tiempo y fue tanto el que pasó, que ya la colonia de hormigas no vivía por esos lares. Pero a nuestra hormiga no le importaba, como tampoco le importaba comer, o dormir, sólo quería escuchar, escuchar su música.

La vieja caja dejó un día de tocar, pero ella no se dio cuenta: la melodía seguía en sus oídos, tan alta y tan clara como la primera vez que la escuchó. La hormiguita se rascó la cara, abrió los ojos y se asustó al verse de regreso en su hormiguero. No entendía bien lo que había pasado, cómo había encontrado el nuevo camino, qué había sido de la música... Decidió al fin olvidar todo y comenzar a trabajar, como una hormiga más en la fila eterna e incansable. Mientras iba por el camino con sus hermanas y la pesada carga a cuestas, le vino como un aliento el recuerdo de la música y empezó a tararearla. Sus hermanas no entendían qué pasaba, pero por alguna razón, el sonido que venía de la hormiga les agradaba de una forma increíble, despertando en ellas sentimientos desconocidos. Una hormiga detuvo su andar y prestó atención a la melodía. Llegado un momento, todas dejaron su marcha y se sentaron a oír.


Eleanne Triff Delgado
18 Años
Estudiante Universitaria

La última flor

Él vivía en uno de los apartamentos más codiciados y elegantes de Ciberworld. Arribaba al 2683 siendo el orgulloso dueño de la más importante empresa armamentista. Tenía una niña de 6 años a la que casi idolatraba y a quien solía mostrar sus tesoros y decía:

    — ¿Ves querida? Todo esto será tuyo algún día. Tu no conocerás el dolor de la miseria nunca. Siempre serás feliz porque yo trabajo para que así sea. Miraba una y otra vez a su pequeña posesión pensando que nunca vería una sombra de tristeza en la frente de su hija; en efecto, nada había necesitado aquella criatura más de lo que tenía.

Todos los días miles de periódicos y revistas criticaban el creciente proceso de degradación natural que hacían sufrir al planeta las principales compañías de la industria química y otras. Hacía mucho tiempo que el hombre había dejado de contar con la flora que grupos ecológicos y científicos se empeñaban en recrear.

Eran estos grupos quienes vivían y morían en constante demanda a su empresa por daños biológicos.

Él miraba los periódicos y se reía, ¿a quién le hacia falta una planta?, cuando el hombre producía su propio oxígeno. En cambio, un arma valía mucho en aquella sociedad, todo el mundo las necesitaba cada vez más y mejores.

Un día observó que su hija miraba con mucho interés lo que parecía una mancha sobre la hoja amarilla de un cuaderno. Un libro era entonces una reliquia.

Todo lo que alguien deseara saber o leer era almacenado en agendas electrónicas, esos eran los libros del futuro.

Se acercó y por vez primera, después de 38 largos años, volvió a ver una flor, una flor marchita entre dos páginas de un cuaderno. ¿Cómo acordarse de aquello si apenas vio la última cuando tenía 7 años? Lo había olvidado completamente.

    — Papi ¿qué es esto?

    — Una flor, mi nena, una flor que se marchitó entre esas hojas y que de seguro alguien mojó en algún preservante antes de ponerla ahí.

La niña abrió los ojos grande, muy grande. ¿Aquello era una flor, de lo que tanto había oído hablar en los cuentos? Como hubiese querido verla... pero no así.

No, así no era la flor que había acariciado ver durante tanto tiempo.

    — ¿Pero, por qué? — exclamó sin poder contenerse.

    — ¿Ha muerto papi, ha muerto? — Preguntó consternada mientras dejaba ver la humedad creciente y la frustración de sus ojos.

El se asustó, se desesperó intentando saber de ese nuevo amor de su hija por algo que no conocía nada más que en los cuentos.

    — ¡Ah! ¡Como odio al que hizo esto! — decía la niña.

Esta vez su padre calló en la butaca queriendo saber como...

Él las vio cuando niño y las había olvidado; olvidó la mejor parte de su vida, ¿y por qué? Las olvidó por ese extraño principio de no querer lo que era imposible tener. Dejó de verlas sin dolor porque las tuvo y las perdió sin tiempo ni edad para sentir. Pero su hija, su hija las había llevado en el alma como un tesoro anhelado que él no vio, y ahora estallaba ante su tesoro marchito aquel dolor que él no pudo sentir. Ella lo odiaba sin saberlo, porque él también había hecho aquello.

Fue en ese momento que comprendió que era imposible divorciar al hombre de su propia naturaleza. No supo que era la última vez que alguien viera una flor pues al final lo que agonizó en su mente antes de llegar a un suelo sin comienzo fue que cuando ella creciera, cuando su niña supiera, ¿qué iba a ser de papi?


Guillermo Badía
14 años
Estudiante del preuniversitario de ciencias exactas "Vladimir Lenin"

El misterio de los secretos

    — Dime, Raimundo — inquirió Arnaldo de Vilanova —, ¿has escuchado acerca de ese ostrogodo que se hace llamar Maister Eckhardt?

    — Sí — respondió Lull desde su desordenado laboratorio —, creo que he oído algo. Me parece que es partidario de la teología negativa del pseudo Dionisio Areopagita, ya sabes aquel que dice que también se puede crear a partir de la destrucción y que determinados intrigantes han querido relacionar con Proclo y Damascio...

    — ¡Claro que lo conozco! — exclamó como si aquello fuera obvio Arnaldo. ¿Te piensas que no he leído su De los nombres divinos? Y en verdad no comprendo de qué manera desea nombrar a dios, siendo como alegan de influencias herméticas, porque precisamente el Trismegisto enseña que El no puede denominarse con un nombre infinito y mortal, pues lo es todo y está en todo y no existe palabra para señalar comúnmente a la totalidad de cosas que pueblan la Tierra... pero volvamos a mi pregunta, ¿puedes concebir que se hace llamar mago?...

    — ¡Listo! ¡Aquí está! — gritó exaltado Raimundo.

    — ¡¿Qué?! ¿Qué es lo que tienes?

    — Qué es lo que encontré al fin — corrigió Raimundo. Pues esto — y salió mostrándole a su interlocutor un complejo armazón de varios discos concéntricos. Veo lo perplejo que estás y no es para menos. Ante tal portento yo mismo estaría asombrado. Es una máquina para descifrar los arcanos.

    — ¿Y cómo funciona?

    — Bueno, requiere algunas exigencias especiales.

    — Ah, sí, ¿cuáles?

    — Oh, casi nada, un detallito sin importancia. ¿Estás dispuesto a ayudarme?

    — Vale. ¿Qué hay que hacer?

    — Sencillo, muy sencillo... un... un sacrificio... uno humano...

Ese año de 1313, el alquimista Arnaldo de Vilanova moría en condiciones enigmáticas y Raimundo Lull probaba con éxito su artilugio de los arcanos.


Laura Morejón Respall

14 años
Estudiante del preuniversitario de ciencias exactas "Vladimir Lenin"

El amor y el dolor

Hace siglos atrás los que habitaban la tierra eran hombres sin sentimientos, no sentían el dolor, eran como piedras vivientes. Se casaban, tenían hijos, pero no sabían lo que era el cariño, el aprecio, el amor.

Una mañana como otra cualquiera nació un niño, pero para asombro de todos, nació llorando. Esta noticia corrió como agua por el río. Todos decían que el pequeño llamado Jadúl había nacido con agua, con agua en sus pequeñines ojos. Jadúl fue creciendo entre el comentario de todos, la lástima de algunos y el desprecio de otros. Todos a su paso hacían comentarios sobre las actitudes del muchacho, que si ayer se cortó un dedo y comenzó a dar gritos, que cuando se le murió el perro volvió a derramar agua por los ojos. Así fue creciendo.

Una mañana se mudaron al pueblo dos ancianos y su hija Verónica, la cual tenía la misma edad que Jadúl y de la cual también se comentaban dichas cosas, por lo que, al no soportar los comentarios, tuvo que mudarse del pueblo donde había nacido.

Cuando la noticia de la llegada de Verónica al pueblo llegó a oídos de Jadúl, éste enseguida se propuso ir a charlar con ella. Así que muy pronto supo donde vivía y fue a verla.

Jadúl intentó hablar con ella, pero ella no se tomó el trabajo ni de responder a los toques en la puerta ni a los llamados de Jadúl. Este, con mucha esperanza aún, vigiló su choza hasta que pasadas unas horas ella salió camino al mercado y él la siguió. Al ver su rostro él quedó flechado, sintió algo, como unas cosquillas en el estómago y que el pecho se le oprimía. No podía respirar hasta que sus labios susurraron palabras nunca antes mencionadas por nadie: "estoy enamorado". Al instante el viento sopló como en un murmullo y la tierra tembló como si se fuese a partir en dos. Todo el que se encontraba a su paso volvía la mirada asombrado. De pronto, él comenzó a caminar en dirección a ella, los pies no respondían a la llamada de detenimiento y ella volvió el rostro hacia él con una sonrisa reflejada en los labios.

Los dos estuvieron mirándose durante largo rato sin decirse nada, solo observando uno cada detalle del otro. Así, sin moverse, estuvieron largo rato hasta que reaccionaron y ella preguntó con la voz como en un hilo:

    — ¿Quién eres?

Él quería responder pero no podía, no hablaba, solo contemplaba su rostro resplandeciente, hasta que volvió a preguntar y entonces él respondió:

    — Soy Jadúl, soy el que tocaba a tu puerta y llamaba a tu ventana hace unas horas. Sólo quería saber si son ciertos los comentarios sobre ti.

Al instante su rostro cambió y reveló una expresión de furia:

    — A nadie le interesa nada más, solo quieren saber sobre mí como si yo supiera por qué nací con esta desgracia, ¿será que nunca me dejarán en paz?

Jadúl intentó disculparse, pero ya era tarde, ella se alejaba poco a poco, paso a paso. Él se volvió y tomó la rosa más roja del rosal que a sus espaldas se encontraba y gritó:

    — Soy igual que tú, pero además te quier...

No pudo finalizar la expresión ya que se había pinchado con la espina más afilada de la rosa y su mano se encontraba enrojecida por la sangre. Sólo atinó a gritar y al momento de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas. Ella dejó de caminar, él la miró a los ojos y frente a frente los dos, al mismo tiempo se dijeron:

    — TE AMO.

Sus palabras se escucharon en todo el mundo. De todos lados se empezaron a escuchar risas y llantos; se vieron manos acariciando a otras manos; personas enamorándose y jurándose amor sincero.

Gracias al amor surgido por Verónica y Jadúl en la tierra se conocen los sentimientos. Y desde entonces también se conoce que casi siempre al amor lo acompaña el dolor.


Rolando Ávalos
16 años
Estudiante de la Escuela de Instructores de Arte

Mi barrio (El Roble)

Poco a poco cada año pasaba.
Poco a poco vivimos siete años.
Mi escuela estaba lejos, caminaba.
Por quedarme allí, me convertí en huraño.
Era un gran peso, mas no me molestaba.
Por ese barrio hasta me hice tacaño.
Siendo un guajiro supe que me alejaba
De Ciudad de la Habana, y me hizo daño.
En ese barrio encontré mis reflejos
Que por él mismo, me hicieron insaciable.
Pero no sé por qué, los niños y los viejos
Lo rechazan como algo despreciable.
Ya no me importa que se encuentre lejos.
Para mí es un lugar inolvidable.


      Nota: Todos estos adolescentes fueron miembros del taller "El rincón de los niños cubanos", dirigido por la escritora Marié Rojas. Han sido premiados nacional e internacionalmente, aparecen publicados en antologías y en revistas o páginas culturales de Internet. En estos momentos son colaboradores de la revista "Dos islas, dos mares... "


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