Cuba

Una identità in movimento


Un escultor bergamasco en La Habana. Homenaje al escultor Gianni Remuzzi

Sandra González


A bordo del barco que lo llevaría a La Habana, el joven escultor Gianni Remuzzi se preguntaba cómo sería en realidad la lejana ciudad que era su destino. Lo acompañaba en aquella aventura su hermano Vittorio, encargado de coordinar en la práctica la labor que debían enfrentar. El edificio para el cual ya laboraban afanosamente todos los operarios de la fábrica de mármoles de la familia, Fratelli Remuzzi, era sólo trazos en planos que parecían no acabar nunca y un nombre, el Capitolio Nacional de Cuba. Corría el año 1928 y los largos días de travesía a través de las apacibles aguas del Atlántico se avenían poco con el carácter inquieto del artista, su gusto por la broma inteligente e incisiva y por la necesidad de trabajar que era inherente a su talento artístico.

Gracias a la contemplación monótona del mar Gianni, recordaba su infancia. Su juego preferido había sido siempre modelar, reproducir con sus manos el mundo que le rodeaba. Sentía ya un poco de nostalgia por su Bérgamo natal, una ciudad al norte de Milán, circundada de murallas antiguas, callejuelas medievales y montañas. Había crecido precisamente en la parte alta de la ciudad, llamada con razón Città Alta, no sólo por su geografía empinada sino también por la clase social de los que en aquel lugar moran, la verdadera ciudad en los tiempos en que reinaban en Lombardía los venecianos. Allí, en la escarpada y estrecha calle Salvecchio No. 10 habían nacido los 7 hermanos Remuzzi: Anita, Luigi, Gianni, Mina, Vittorio, Carlo y Maria, todos entre 1890 y 1901[1]. La experiencia de trabajar el mármol había comenzado en la familia cuando el padre había hecho que Luigi, el hermano mayor, fuera a formarse como marmolista con su tío, que poseía un pequeño taller. Después tocó el turno a Carlo, mientras que Vittorio se dedicó a estudios industriales.

Aunque viajar a Florencia en aquellos años no era fácil, Gianni la visitaba frecuentemente. Su empeño era el estudio de las grandiosas obras de Miguel Angel que atesora la ciudad y delante del David se echaba a llorar como un niño. Uno de los amigos que lo acompañaba era caricaturista y dejó constancia de este hecho en un dibujo que guarda la familia y que demuestra el amor temprano del adolescente Remuzzi por la escultura.

Gianni tenía sólo 20 años cuando la guerra convulsionó la vida de todos. Era la primera vez en la historia que la mayor parte del mundo se veía envuelto en un conflicto bélico. Casi todos los hombres se fueron a los campos de batalla y también los hermanos Remuzzi fueron llamados al servicio militar. De esta época data un cuaderno de dibujos realizados por Gianni que la familia conserva con devoción y que prueba sus naturales dotes. Son simples escenas de la vida cotidiana de pequeño formato, realizadas en tinta y pobladas de personajes populares y retratos de compañeros en los que no falta la nota humorística. En el él descubrimos también algunos dibujos realizados por el padre, tal vez años más tarde, en las hojas en blanco dejadas por el hijo. Estos dibujos se encuentran firmados, con la clara intención de separarlos de los realizados por Gianni. Así se explica como la vocación de Gianni encontró en el seno de su familia un ambiente propicio para su desarrollo.

Terminada la contienda, los soldados no fueron enviados a casa de inmediato. Tal fue el caso de Luigi y Gianni. Destacados en la región del Piemonte, se mantuvieron algún tiempo más en la ciudad de Alejandría, que da nombre a toda una rica zona italiana. Los fines de semana, cuando disponían de algunas horas de libertad, iban al balneario de Acqui Terme a disfrutar de la maravilla de su manantial. Allí, por natural afinidad con una actividad que conocían, comenzaron a frecuentar un taller de mármol y, en 1922, y entre ellos nació la idea de ponerse a trabajar en él todos los hermanos juntos. Gracias a la ayuda del abuelo materno compraron el taller. Nació así el primer establecimiento de los hermanos Remuzzi y, mientras los otros se ocupaban de asuntos económicos y técnicos, Gianni quedó encargado de los trabajos artísticos de escultura.

Para este entonces ya su vocación se había definido perfectamente, pues el padre, cansado de verlo modelar con cuanto material caía en sus manos, lo había llevado a Brescia, localidad cercana a Bérgamo, para solicitar de un conocido escultor, el maestro Angelo Zanelli[2], su opinión sobre los posibles éxitos futuros del hijo. El talento del jovencito fue apreciado de inmediato y se le brindó la posibilidad de formarse allí como profesional. Este hecho le permitió participar en una obra trascendental, pues Zanelli ganó en 1911 el concurso para completar el monumento a Víctor Manuel II, comenzado en 1898 y posteriormente llamado el Altar de la Patria. La empresa requería de un gran esfuerzo y Zanelli escogió para que le acompañaran sus discípulos más aventajados, entre ellos Remuzzi y Constante Coter, otro joven artista bergamasco que corriendo el tiempo sería también un renombrado artista. Ellos contribuyeron anónimamente, con su talento, en los bajorrelieves que acompañan la escultura de la Dea Roma, una de las figuras principales del conjunto.

Acostumbrados a estar en contacto con la naturaleza, en una ciudad pequeña, los bergamascos, en su mayoría, han opinado siempre que Roma es una ciudad caótica. En el caso de Gianni, el impacto con los grandes espacios abiertos de la gran ciudad, el tumulto de una metrópoli populosa, pero sobre todo el arte de la antigüedad como parte de la realidad cotidiana, dejaron una profunda impronta en su espíritu artístico.

El taller de la familia le permitió a Gianni consagrarse por entero al arte. En 1926 abrió un estudio artístico propio en Cittá Alta y se dedicó entonces a cumplir los pedidos que llegaban de Alejandría. Sin embargo, una gran amistad lo unió por siempre a su maestro, a quien visitaba con frecuencia.

Según el testimonio de su sobrino Aurelio, escogía el mármol armado de un estetoscopio y dando golpecitos a la piedra. Era la única manera, afirmaba, que podía saberse si poseía o no vetas internas. El también relata que desde este entonces el cuerpo humano ejercía en el artista una atracción especial y que dedicó a su dominio largas jornadas, incluso tenía amigos en hospitales que le permitían hacer estudios en yeso de los cadáveres. Después en su taller trabajaba hasta que parecía que, gracias al arte, la piedra o el bronce cobraban una nueva vida y el modelo volvía a ser carne palpitante.

En Cuba se intentaba construir el Capitolio desde 1914, así llamado por decisión popular para recordar aquel de Roma, pero diversos problemas iban posponiendo las obras que se comenzaban y paralizaban cada cuatro años, cuando asumía el poder un nuevo presidente de aquella república mediatizada[3]. Los trabajos habían comenzado finalmente de nuevo en 1926, bajo al supervisión de la casa Purdy and Henderson Co. ya establecidos en Cuba[4]. Y los italianos habían sido advertidos del interés en mármoles de alta calidad en subasta pública que había sido adjudicada y casi enseguida anulada a la firma de Guiseppe Pennino, quien sin embargo, mantuvo un negocio en La Habana, en Infanta y Desagüe, hasta la década del 60 que llevaba el nombre de Mármoles Pennino.

Fueron los arquitectos cubanos, supervisores del proyecto, quienes decidieron aceptar la propuesta de la empresa Fratelli Remuzzi, advertidos por Zanelli de la oportunidad que se presentaba, cuando fue de nuevo convocada la subasta para el recubrimiento en mármol de pisos, columnas y elementos decorativos de los numerosos salones y recintos.

Pronto se demostró lo acertado de la elección. De la fábrica bergamasca salieron incesantemente losas y decoraciones primorosamente tallados para todos los pisos y ornamentos de la planta baja, las escaleras y los inmensos salones del primer piso, como el llamado de Los Pasos Perdidos por sus colosales dimensiones, más de 14,5 m de ancho por 48 de largo y un puntal total de 19,50 m, obra cimera de la decoración de todo el Capitolio que, a pesar de su eclecticismo artístico, sobrecoge no sólo por su tamaño sino también por la impresionante armonía de sus mármoles, y la rosa de los vientos de 32 vértices de diversos colores, justamente debajo de la gran cúpula, una de las más altas de su época en diámetro y altura, inspirada en la que para la Basílica de San Pedro diseñara el gran Miguel Angel. Para que pueda comprenderse lo inmenso de esta empresa, obra unida de italianos y cubanos, debe tenerse en cuenta que con los instrumentos un tanto rudimentarios de la época, se midieron y cortaron con exactitud asombrosa, se transportaron y pulieron mármoles italianos de una gran riqueza de colorido: rojos, grises, violetas, verdes, blancos, amarillos, ocres y negros, o sea, un total de 58 colores diversos que fueron después colocados por obreros cubanos en el lugar exacto para el que habían sido concebidos a miles de kilómetros de distancia, todo bajo la mirada atenta y la dirección acertada de Vittorio Remuzzi.

Para poder dar respuesta a las exigencias que el trabajo en Cuba demandaba, el taller de Alejandría fue ampliado y trasladado a vía Ghislandi No. 49, casi en el centro de Bérgamo. Al frente del trabajo técnico estaba, además de Luigi y Carlo, el jefe de los operarios, Alessandro Viotti, de origen piemontés, que tenía a su cargo la revisión y el control de la calidad de todas las piezas terminadas y quien se había unido a la empresa desde sus comienzos.

A la llegada de los hermanos Remuzzi a Cuba ya estaban adelantadas las obras, pero quedaba aún mucho por hacer. La Habana era para Gianni, según cartas a su familia, una ciudad cautivante abierta al mar, llena de gentes sonrientes que miran directamente a los ojos y donde uno puede sentirse a sus anchas desde el primer momento.

Los hermanos se establecieron en la calle Cárdenas no. 3, no lejos del Capitolio, y se dedicaron por entero al trabajo aunque no faltó el tiempo para hacer muchos amigos entre los cubanos, cuya proverbial alegría logró hacer que se entendieran a plenitud más allá de las normales barreras idiomáticas. Aquí atendieron además otras solicitudes de trabajo, entre ellos una capilla funeraria privada en el Cementerio de Colón.

Durante varios meses trabajaron en el Capitolio cubanos e italianos frenéticamente. Aquel cuerpo de piedra era, sin dudas, el edificio más grandioso de La Habana de aquel entonces.

Algún tiempo antes había también llegado a la Isla Angelo Zanelli y su apoderado Calcavecchia y el maestro se encontraba ya enfrascado en la colocación de sus esculturas monumentales de tamaño heroico, forjadas en Nápoles a la entrada de la gran escalinata de acceso y al fondo de la enorme cúpula, frente a la puerta principal. Apoyando la labor de Zanelli quedó en Roma, trabajando anónimamente, su discípulo Constante Coter.

Gianni Remuzzi se ocupó de la colocación de su gran bajorrelieve, dividido en dos para adecuarse al lugar en que sería ubicado: el local reservado a la Cámara de Representantes. El estudio de los detalles del modelo en yeso que quedó en Bérgamo, y que pudimos estudiar gracias a las bondades de sus descendientes, nos demuestra el cuidado con que Gianni acogiera el encargo, porque en estos bocetos se pone de relieve, con mucha mayor fuerza que en el original en bronce, el interés del artista por mostrar las razas que componen nuestra nacionalidad y otros elementos de la realidad cubana como son las palmas de fondo y el mar indicador de nuestra insularidad. Resulta curioso señalar, sin embargo, que las palmas de Remuzzi tienen mucho más de las palmeras que crecen en las ciudades mediterráneas y que en Cuba no existen apenas que de palma real, que sólo conoció el escultor después de su llegada al país. Como detalle que muestra la reverencia del autor hacia su maestro podemos admirar la reproducción de la estatua de la República[5] en el bajorrelieve dedicado a los logros del pueblo en la paz — el otro representa el pueblo enfrascado en la guerra por la independencia — cuyo boceto se guarda en Bérgamo en una colección privada.

Este friso, en el hoy Hemiciclo Camilo Cienfuegos, se acopla perfectamente con el salón semicircular y la tribuna al frente en madera preciosa de color oscuro, los asientos para los 165 miembros y escritorios ricamente labrados en el mismo material, adornados en bronce. El puntal es elevadísimo, para permitir en el piso superior una galería destinada al público con capacidad para 560 personas y la adecuada acústica. La visual del salón, resulta perfecta. Durante muchísimos años estuvo situada sobre la tribuna la primera bandera de Cuba, que acompañara a los patriotas de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, en sus luchas por la libertad, aun marcada sobre el mármol del fondo y hoy trasladada a un Museo. Todo ello hacía que el hemiciclo, en general, poseyera una especial relevancia.

Un eminente crítico cubano de la época el doctor Luis de Soto y Sagara, profundo conocedor del arte, escribió con motivo de la inauguración del Capitolio en mayo de 1929:

    Las figuras se repiten en una rítmica sucesión más allá del mensaje anecdótico. Recuerda la obra de Ambrosio Lorenzetti en el Palacio Comunal de Siena, pero no en vano tantos siglos separan a estos dos artistas[6].

También en el Capitolio realizó Remuzzi dos metopas en mármol para los frisos que coronan la logia del ala izquierda del edificio. Según un artículo publicado en 1929, en la revista El Arquitecto, dedicada por entero al Capitolio, se afirma que para ellas, así como para los trabajos realizados por los artistas del país posó la modelo cubana Lily Valty. Muchos repiten entonces que fue ella también la modelo de la estatua de la República. Sin embargo, esta aseveración no se corresponde con la verdad histórica no sólo por la razón obvia de que no queda así consignado en el artículo, lo cual de haber sido cierto era imposible no hacer constar por su relevancia, sino además porque en la revista Carteles[7], de 1928 aparece la foto de Zanelli junto al boceto de la estatua, que sabemos fue realizada en Roma bajo la supervisión de Constante Coter. Lo lógico es que Zanelli dejara otro boceto similar a escala de la estatua a Coter para que éste se guiara por él para la elaboración final de la figura. La confusión parece tener su origen en conclusiones a partir de una entrevista realizada a Angelo Zanelli en Cuba, en la cual afirmó que la mujer cubana había sido la fuente de inspiración de sus figuras[8], de seguro un halago del maestro para con las cubanas. Para la estatua de la República, posó sin dudas una modelo italiana o fue realizada bajo esos cánones. Fue transportada a Cuba en piezas y recubierta con 3 láminas de oro de 22 quilates. Zanelli se ocupó personalmente de su montaje. Mide con la base 50 pies y pesa 44 toneladas a pesar de ser por dentro hueca. Sobre ella se alza una cúpula de 308 pies, la tercera más alta del mundo en su tiempo.

De regreso a Italia, la fama de los Remuzzi proporcionó a Gianni un alto número de encargos. De esta época es el retrato funerario que hiciera del mundialmente famoso equilibrista Enrico Rastelli que se encuentra en la capilla votiva del cementerio de Bérgamo.

En 1933 le fue encargado el busto del poeta de la lengua bergamasca Pietro Ruggieri da Stabello (1797-1858), para ser colocado sobre una fuente en el espacio urbano de Piazza Pontida, en el corazón de su ciudad. Ese mismo año fue convocado por la Academia Carrara de Bérgamo para engrosar la lista de sus notables profesores, labor que mantuvo hasta 1949. En 1940 recibirá un premio especial del Presidente de la Academia por su labor como maestro de escultura, tomando en cuenta el éxito notable de sus discípulos[9]. También en su estudio se formaron muchos escultores de renombre trabajando a su lado. Ellos le recuerdan como un maestro generoso, capaz de dar siempre un consejo oportuno y relatan que verlo modelar era exaltante, pues sus manos recorrían la creta a veces suaves y a veces nerviosas, pero siempre sorprendentes por su velocidad de ejecución[10]. Su proverbial buen carácter le conquistó la amistad de muchos, principalmente artistas, entre los que se encontraba el gran Manzù.

El reconocimiento de sus conciudadanos tampoco le falta, pues en 1938 le es encargado el busto de Francesco Nullo que el pueblo bergamasco dona a la ciudad de Varsavia y que fue trasladado durante la guerra a otra ciudad polaca.

En 1940 fue aceptada en la XXIII Bienal de Venecia la que es hoy su obra más famosa Estremecimiento (Il brivido), un desnudo femenino en mármol de 2 metros de altura. Para esta escultura posó su esposa Bárbara, llamada Rita, quien fuera primero su modelo. El artista era tan apegado al realismo que continuamente hacía verter agua helada en la espalda de la muchacha para que no perdiera la expresión que le interesaba[11]. Se aleja a partir de este momento de las figuras alegóricas y el retrato que habían ocupado gran parte de su quehacer para centrar su interés en el desnudo. Así surgen otras figuras como El beso, La ofrenda y otras que existen en diversas colecciones privadas.

El desarrollo del fascismo, al que era contrario, separó a Remuzzi de las exposiciones oficiales. Su sobrino Aurelio Remuzzi relata que había realizado una figura en yeso de Mussolini sentado en una bacinilla como prueba que era igual al resto de los mortales. Era una pieza comprometedora de medio metro de altura, pero a pesar de los ruegos de la familia, la mantenía a la vista de todos. Era una tarde de 1941 cuando la policía fascista entró en el estudio. Gianni tuvo tiempo de tirar sobre el yeso una buena cantidad de barro y gracias a su agilidad logró salvar la vida. Sólo cuando terminó la guerra pudieron convencerlo que se deshiciera de ella, puesto que su valor no era para nada artístico. Otra prueba del carácter incisivo y rebelde del artista se encuentra en su propia casa: dentro de dos muros, aprisionado por ellos, se puede ver el rostro de un hombre. Era, según nos relatan, un enemigo suyo al que había colocado allí para tenerlo siempre bajo control.

No faltaron los encargos privados que permitieron al escultor vivir de su arte hasta el fin de sus días y, una vez terminada la guerra, colaborar al embellecimiento de muchos edificios públicos dentro y fuera de su ciudad natal. Toda su vida estuvo entregada de forma apasionada a la escultura y eran notables los períodos en que se encerraba en su estudio, sólo acompañado por la música de Beethoven o de algún otro clásico, y allí permanecía sin ingerir bocado hasta que la obra estaba terminada en sus más mínimos detalles. Comenzaba el trabajo con pequeños esbozos en barro, pero jamás dibujaba, sino que necesitaba hacer corpóreas sus ideas desde los primeros intentos.

Singularmente dotado para la escultura, supo dominar todos los materiales de la creta al bronce, sobresaliendo quizás en el mármol, donde obras como su autorretrato Vie e mente nos muestran la maestría de su ejecución, su profundo conocimiento del cuerpo humano y su capacidad de trasmitir la psicología de sus personajes, en lo cual su obra llegó a ser sobresaliente. Y es que el arte de Gianni Remuzzi sobrepasaba los cánones de la academia para inscribirse en lo mejor del realismo. Seguidor de una línea clásica como buen italiano — no en vano fue tan poderoso el Renacimiento en Italia y por ello sin dudas su influencia se trasmite en el gusto y en la trayectoria de tantos artistas hasta nuestros días — podemos calificar la obra de Remuzzi como realista, en el sentido más amplio de la palabra. Personas retratadas por él nos han relatado como el escultor gustaba de tocar con sus propias manos el rostro de sus modelos antes de convertir, todo lo que sus dedos prodigiosos advertían como forma y consistencia de huesos y músculos, en material artístico, terracota, bronce o mármol. Su gusto por la materia se refleja en sus obras que nos atraen con fuerza a esa cualidad táctil, que nos vemos obligados a reprimir para no tocarlas con nuestras propias manos. Esa posibilidad no se la brindaban de igual forma las corrientes modernas, que conoció y estudió, pero que no hizo suyas por elección. Al final de su vida su estilo se hacía más conciso, con claras influencias expresionistas, corriente que no le había sido nunca del todo ajena, como lo demuestra su magnífico Cristo yacente sobre el panteón familiar donde hoy él mismo reposa.

En el cincuentenario de su muerte, a través del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau seis artistas plásticos cubanos: Diana Balboa, pintora, dibujante y grabadora; Herminio Escalona, autor del monumento de la Plaza Ignacio Agramonte de Camagüey; Pedro García Espinosa, pintor, escenógrafo y director de arte para cine, teatro y televisión; José Ramón González, grabador y ceramista, miembro del Grupo Terracota 4 de la Isla de la Juventud; Sandra Pérez, dibujante y Eduardo M. Potrillé pintor, fotógrafo, humorista y diseñador gráfico le rindieron homenaje en exposiciones contemporáneas realizadas en la galería contigua al Hemiciclo Camilo Cienfuegos del Capitolio y en la Sala Camozzi de la provincia de Bérgamo en Italia.

Para los cubanos la obra de Gianni Remuzzi se inscribe dentro de una obra mayor de la cual, por su perfección, pueden sentirse orgullosos cubanos e italianos: el Capitolio de La Habana. Cuando el 20 de febrero de 1962 fue creada la Comisión Nacional para la Creación de la Academia de Ciencias y se designó como su Presidente al entonces joven Capitán Antonio Nuñez Jiménez, comenzó una nueva etapa para este edificio que lo ligaría hasta nuestros días a la ciencia y al desarrollo del país. Gracias a ello también toda su magnificencia es en la actualidad patrimonio del pueblo de Cuba y motivo de disfrute para sus visitantes.


    Notas

    1. Gianni nació el 7 de septiembre de 1894 y murió el 27 de febrero de 195l en Bérgamo.

    2. Angelo Zanelli nació en San Felice del Benaco, Brescia, el 17 de marzo de 1879 y murió en Roma en 1942.

    3. Para conocer los acontecimientos ocurridos en el Capitolio durante aquella República, véase: Arce. Luis de. Capitolio adentro (l902-1940), La Habana, Editorial Lex, 1945.

    4. Para más información, véase El Libro del Capitolio, La Habana, P. Fernández y Cía, 1933, 730 p. Además el folleto: Capitolio Nacional, La Habana, Imp. Ninón S.A., s.a. (fotos).

    5. Agradecemos este dato a las guías del Capitolio. La estatua aparece en el extremo del bajorrelieve de la derecha y difícil de distinguir.

    6. La escultura en el Capitolio de Cuba, en revista El Arquitecto, La Habana, Col. 14, n. 38, pagina 44, mayo 1929. Aparece una foto de la obra de Remuzzi.

    7. Véase: Carteles, La Habana, vol. 13, no. 15, p. 34, 10 de junio de 1928. Otra foto de Zanelli aparece en esta revista el 14 de abril de 1929 p. 31.

    8. Véase: El Arquitecto, op. cit., p. 12-13.

    9. Entre ellos, Brolis, Locatelli, Guidotti, Saci y Meli. Véase Dizionario Bolaffi degli Scultori Moderni, Milano, Ed. Mondatori, 1960, p. 514.

    10. Testimonio del escultor Stefano Locatelli. Ibidem, p. 517.

    11. Para el conocimiento de sus obras en Italia véase la exposición fotográfica permanente, en el Capitolio de La Habana, donada por el fotógrafo italiano Massimo Angeli.



    La autora agradece, en primer lugar al Sr. Aurelio Remuzzi, sobrino del escultor el acceso a los archivos de la familia, sus relevantes testimonios, su entusiasta apoyo y colaboración sin la cual no habría sido posible este estudio; así como a la Sra. Yolanda Remuzzi, viuda de Vittorio Remuzzi. Igualmente reconoce el valioso apoyo de Dario Cangelli; la Dra. Maria Cristina Rodeschini de la Academia Carrara por hacer posible la consulta de los Archivos de esa institución y a la Biblioteca Angelo Maj, a su dirección y trabajadores, que con paciencia sin límites le auxiliaron en su investigación sobre el artista.

    Este trabajo forma parte del libro en preparación: Los artistas italianos en el Capitolio de La Habana.


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